LA IA Y LOS TREINTA GLORIOSOS QUE NO VOLVERÁN
Javier Velasco
Las estadísticas de Estados
Unidos muestran más inversión, más beneficios y más productividad. Lo que no
muestran es una nueva edad de oro para quienes viven de su salario.
En 1987, Robert Solow escribió
una frase que se haría famosa: "Se ve la era del ordenador en todas partes
menos en las estadísticas de productividad" (Brookings). Casi cuarenta
años después, el economista jefe de Apollo, Torsten Slok, la ha adaptado a la
inteligencia artificial: está "en todas partes salvo en los datos
macroeconómicos" (Fortune). La pregunta ya no es si la IA funciona;
funciona. La pregunta es para quién.
El discurso dominante promete unos nuevos
Treinta Gloriosos: décadas de crecimiento rápido, pleno empleo y prosperidad
compartida, como las que Europa vivió entre 1945 y 1975. Hay razones para
pensar que no volverán. Y no porque la tecnología sea un espejismo, sino porque
el crecimiento que genera está mal repartido y apoyado en una base frágil.
Un crecimiento que depende de
una sola partida
Empecemos por los datos. En el
primer semestre de 2025, la inversión en equipos de procesamiento de
información y software representaba el 4% del PIB de Estados Unidos, pero
explicó el 92% de su crecimiento. Sin ella, según los cálculos de Jason Furman,
la economía habría crecido un 0,1% anualizado (Fortune). La industria, la
vivienda, el comercio y los servicios apenas aportaron nada. La productividad,
que se presenta como la prueba de que la revolución ya ha llegado, cuenta una
historia parecida si se mira de cerca.
La productividad del trabajo
creció un 2,2% en 2025, pero la productividad total de los factores, que mide
la eficiencia con que se combinan trabajo y capital, solo subió un 0,8%, frente
al 1,5% del año anterior (BLS). Dicho de forma sencilla: cada hora de trabajo
produce más porque detrás hay más servidores, más chips y más centros de datos,
no porque la economía en su conjunto funcione mejor. En el segundo trimestre de
2026, la productividad general creció un 1,4% anualizado, mientras las
manufacturas de bienes duraderos lo hacían al 3,6% (BLS).
Esto ya lo vimos. En el año 2000,
en plena euforia de la "nueva economía", Robert Gordon demostró que
el repunte de la productividad era real, pero se concentraba en la fabricación
de ordenadores y semiconductores. En el 88% restante de la economía privada no
había mejora de la tendencia (AEA). El impulso duró de 1994 a 2004 y después se
apagó. Si hoy se frena la inversión en IA, desaparecerá con ella buena parte de
la productividad que ahora celebramos.
Una máquina que sustituye más
de lo que crea
Gordon no niega que la IA vaya a
mejorar la productividad; niega que vaya a ser una revolución comparable a la
electricidad o al motor de combustión. Le parecen expectativas "muy
infladas" (Marketplace). Pero el riesgo más serio no es una IA que
decepcione. Es una IA que decepcione en crecimiento y, al mismo tiempo, cumpla
en sustitución de trabajo.
Daron Acemoglu y Pascual Restrepo
describieron este mecanismo hace años. La automatización desplaza trabajadores
de ciertas tareas; si abarata mucho la producción, la expansión resultante crea
empleo en otras. Pero cuando la máquina es solo algo más barata que la persona,
la empresa sustituye empleo y apenas gana eficiencia (NBER). Es lo peor de los
dos mundos: poca productividad y menos trabajo.
Las primeras señales van en esa
dirección. Según el Digital Economy Lab de Stanford, el empleo de los jóvenes
de 22 a 25 años en las ocupaciones más expuestas a la IA está un 19% por debajo
de lo que habría estado si hubiera evolucionado como el de los jóvenes en
ocupaciones menos expuestas. El ajuste no se hace con despidos, sino dejando de
contratar (Stanford Digital Economy Lab). La IA no está destruyendo el empleo
de quienes ya tienen uno; está cerrando la puerta a quienes intentan conseguir
el primero.
Los frutos van al capital
Aquí está el núcleo del problema.
Una mejora de la productividad basada en la inversión no produce, en primer
lugar, bienes para la población, sino beneficios para las empresas que fabrican
chips, construyen centros de datos y venden servicios en la nube. Y esos
beneficios tienen dueños muy concretos.
En el segundo trimestre de 2026,
la parte de lo producido que se pagó a los trabajadores en el sector
empresarial no agrícola de Estados Unidos fue del 52,8%, la más baja desde que
hay registros, en 1947. Durante la posguerra se movió entre el 60% y el 66%
(BLS). Al otro lado de la balanza, el 10% más rico posee alrededor del 87% de
las acciones y fondos de inversión (Reserva Federal). Cuando la bolsa sube
impulsada por la IA, casi todo lo ganado se queda arriba.
Oxford Economics calcula que la
IA ha aumentado más de un 7% el patrimonio de los hogares estadounidenses,
sobre todo de los de renta alta, y prevé que ese efecto riqueza refuerce la
economía "en forma de K" probablemente hasta 2035 (Fortune). El
consumo, que debería ser el motor de una prosperidad compartida, depende cada
vez más de unos pocos: según Moody's, el 10% de mayor renta realizó el 49,2%
del gasto de los hogares a mediados de 2025, el nivel más alto desde 1989 (The Street).
El resultado es un círculo
cerrado: las grandes tecnológicas invierten, los fabricantes ganan, la bolsa
sube, los accionistas consumen y el trabajador medio recibe una parte cada vez
menor de una producción cada vez mayor. Y esa concentración debilita la propia
demanda que necesitaría el crecimiento. Larry Summers lo llamó estancamiento
secular: un exceso de ahorro que no encuentra inversión suficiente y deja la
economía por debajo de su potencial (FMI).
Lo que de verdad hizo
gloriosos aquellos años
Conviene no idealizar. Los
Treinta Gloriosos tuvieron condiciones irrepetibles: Europa recuperaba el
retraso tecnológico acumulado entre 1914 y 1945 y reconstruía lo que la guerra
había destruido (Fernández-Villaverde). Jean Fourastié, que les dio nombre,
recordaba que el crecimiento europeo había caído al 0,5% entre 1913 y 1950,
saltó al 4% entre 1950 y 1970 y volvió después al 1,5–2% habitual en los países
ricos (Wikipedia).
No es una fatalidad
Nada de esto es inevitable. La
caída de la parte salarial empezó a principios de siglo, mucho antes de
ChatGPT; la IA acelera una tendencia, no la inventa. Y la tecnología ya aporta
beneficios que no aparecen en el PIB: Stanford estima que las herramientas de
IA generativa, gratuitas o casi para la mayoría, valen para los consumidores
estadounidenses unos 172.000 millones de dólares al año (Stanford Digital
Economy Lab).
El rumbo depende de dos
decisiones políticas. La primera, hacia dónde se orienta la IA: a sustituir
personas o a hacerlas más capaces. Donde la IA complementa el trabajo, el
empleo se mantiene o crece; donde lo sustituye, cae (Stanford Digital Economy
Lab). La segunda, quién se queda con los frutos. Hay instrumentos conocidos:
gravar el capital y los beneficios extraordinarios, reforzar la capacidad de
negociación de los trabajadores, aplicar con firmeza la política de competencia
frente a los oligopolios digitales y crear fondos públicos con participación en
las empresas que se están quedando con la renta de esta transformación.
Los Treinta Gloriosos no
volverán, porque sus condiciones históricas no se repetirán. Pero lo que los
hizo gloriosos no fue el motor de explosión ni la cadena de montaje, sino la
decisión colectiva de repartir. Esa decisión sigue a nuestro alcance. Si no la
tomamos, la inteligencia artificial nos dejará una economía más productiva en
las estadísticas y más desigual en la vida real.


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