MI CALLE

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Antonio  Sánchez Nieto

 

Es corta, se inicia en un frondoso parque y termina en el cementerio, como la vida. Nació en 1974, cuando Franco olía a muerto y los jóvenes sabíamos que el futuro sería mejor. Creíamos en el progreso.

Los trabajadores de Iberia, vecinos cooperativistas, estrenábamos pisos de cien metros cuadrados, con terrazas de madera y toldos verdes, trastero, plaza de garaje y, sobre todo, portería con portero. La fachada racionalista, de ladrillo visto con balaustradas de las terrazas en albero, representaban la satisfacción de una clase media de treintañeros que habían superado en bienestar a sus padres. Situada nuestra urbanización en los arrabales de la M-30, la muralla del centro de Madrid, esperábamos que, en las próximas generaciones, nuestros vástagos la superarían. ¡Era el progreso!

Todas éramos familias cristianas con dos hijos, ni uno más (el control reproductivo y la incorporación de la mujer al trabajo se habían impuesto a la moral católica). Aunque escaseaban las guarderías y los colegios de primaria, aquellos tiempos coincidieron con el último boom de natalidad. Los niños jugaban, como siempre, en la calle. La calle era bullicio, algarabía, lugar de encuentro, no de mero tránsito.

La democracia nos trajo bienestar e individualismo. El cooperativismo (pasivo) dio paso a la competencia. Pronto desapareció la asociación de vecinos (la mayoría de los propietarios, trabajadores de Iberia y otros bancos, no querían estar inmersos en la Asociación de Vecinos de San Blas; querían una pequeñita y exclusiva. Era una cuestión de identidad), y triunfó la política de cada mochuelo a su nido.

Iberia L.A.E., mediante autobuses, trasladaba a sus trabajadores a las zonas industriales y a Barajas. Una década mas tarde, con la oposición de los sindicatos, los trabajadores vendieron el servicio a cambio de una miserable indemnización; los servicios colectivos eran despreciados por los flamantes propietarios de piso y coche. Al convertirse el coche en necesario para poder trabajar, se multiplicó, convirtiendo la calle, ya no en lugar de tránsito, sino de aparcamiento.

Naturalmente, las terrazas de las viviendas, que facilitan el contacto con la calle y los vecinos, dejaron de tener sentido en una sociedad individualista que busca el aislamiento. Ya los romanos se admiraban del amor a la independencia de las tribus ibéricas. Ahora los de Iberia, bajo el principio de soberanía testicular, empezaron a cerrarlas, sin consideración a ninguna regla urbana, estableciéndose una reñida competencia entre quien tenía mayor gasto y peor gusto.

El cerramiento de las terrazas impidió que los motores del aire acondicionado se instalaran dentro de ellas. Ahora están adheridos amenazantemente a las fachadas colaborando a su fealdad. Son como granos pustulosos en la cara de un anciano.

Pasó el tiempo y descubrimos que el ladrillo visto se desmenuzaba, por lo que hubo que picar las fachadas y cubrir los ladrillos con un cemento tintado. Lo lógico hubiera sido abordar la reforma como una sola obra por razones económicas y estéticas. Pero, una vez más, el sentimiento identitario se sobrepuso a la razón: cada portal reformaría su trozo cuando le viniera en gana. Y ese triunfo de la voluntad sobre la razón quedó indeleblemente impreso en la fachada.

Mi urbanización compuesta por una decena de bloques de vivienda de cuatro a seis alturas, colocadas en paralelo, está ubicada junto al Cerro la vaca, el punto mas alto del municipio de Madrid. En su inmensa mayoría construida por cooperativas en los inicios de la democracia. Por tanto, el suelo es privado. El descampado entre bloques fue debidamente ajardinado. En un momento determinado el Ayuntamiento se ofreció a mantenerlo. El caso es que los vecinos consideraron que aquel vacío era exclusivamente suyo y se lanzaron con entusiasmo a la tarea de defenderlo. Los espacios entre bloques, con floridos jardines e instalaciones infantiles y plazoletas diseñadas para que la gente platicara entre los bancos, fueron debidamente cerrados por setos reforzados con tela metálica para evitar la entrada de intrusos. Para acceder a ellos cada propietario tiene una llave que jamás nadie utiliza.

Al final, gozamos de la vista de un jardín hecho, no para pasear, sino para ser contemplado por encima de un seto que excluye la presencia de humanos; un jardín privado. El mayor goce de un propietario es excluir al otro de su propiedad, Últimamente, vecinos más pragmáticos plantean convertirlo en aparcamiento, naturalmente privado.

Dado que el individualismo es una plaga capitalista que afecta a todos los aspectos de la vida, ahora le toca a la calefacción comunitaria. Jamás hasta ahora se había puesto en cuestión; somos todavía una mayoría menguante los que pertenecemos a una generación en que la vivienda estaba siempre habitada por ama de casa e hijos. Ahora las jóvenes parejas, agobiadas por salarios bajos y alquileres altos, abandonan su vivienda al amanecer y regresan al ocaso. Mas que vivir, duermen en casa y piensan que no tienen que pagar por un servicio que apenas utilizan y, más importante, beneficia a los pasivos. La calefacción colectiva, piensan, debe desaparecer y convertirse en exclusivamente individual. Aunque resulte más cara para todos.

Respecto al uso de la calle, la transformación es asombrosa. Como en la mayoría de los barrios madrileños periféricos, de los bajos han desaparecido las tiendas y negocios artesanales, siendo sustituidos sus locales por oscuras miniviviendas, habitadas por los nuevos proletarios sudamericanos. De momento, no hay problemas de convivencia pues no coincidimos ni en tiempo (solo acuden a dormir), ni en espacio (solamente existe un bar). Al no compartir servicios comunitarios, como la calefacción o el ascensor, ni asistir, por no ser propietarios, a las reuniones de vecinos, se produce una convivencia en paralelo que, en algún momento, podría convertirse en apartheid.

También las aceras han sido afectadas por el progreso. De los antiguos portales emergen plataformas diseñadas para dar acceso a las sillas de ruedas. Hace cincuenta años los arquitectos no previeron que seriamos viejos. Ahora la necesidad se impone a la estética.

Resumiendo, vivo en un barrio feo rodeado de frondosos parques públicos, bien comunicado, bien dotado de servicios médicos y de enseñanza, limpio, sin tráfico, sin ruidos, sin niños… sin vida. Mi nieto de diez años no tiene amigos con quienes jugar en la calle y se divierte individualmente con el ordenador.

Soy consciente de que los barrios, como las personas, irreversiblemente envejecemos. Pero juntos podríamos haberlo hecho mejor. Este individualismo de pobres, aparte de estúpido, es feo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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