EL NUEVO CAPITALISMO
Antonio Sánchez Nieto
Aparentemente estamos
inmersos en un caos donde las reglas tradicionales en las relaciones
internacionales ya no existen por culpa de un mono loco.
Considerar el actual desorden como un mero
accidente es caer en una trampa de optimismo irracional. Trump no es la causa sino un signo del
proceso de decadencia del sistema económico y social que ha regido nuestras
vidas. Un modo capitalista que, en términos comparativos con sus anteriores
formas, podríamos calificar como benigno y, posiblemente, breve (los treinta
magníficos años en un periodo de cinco siglos). Si Trump fuera la
causa no habría razón para preocuparse; la biología, por sí sola, resolvería el
accidente. Pero la cantidad creciente de dirigentes, más o menos
estrambóticos, todos morbosamente narcisistas e ideológicamente fascistas, nos
impone la realidad de que estamos ante una pandemia enraizada en la sociedad
pues todos ellos han llegado al poder por vía democrática. No estamos ante un
accidente, sino dentro de un profundo proceso de cambio desde un modo de
capitalismo que hemos llamado industrial, cuya forma política es la
democracia liberal, a otro cuya naturaleza y nombre están por definir.
Sin aclarar previamente
la naturaleza del capitalismo desde una perspectiva histórica, dinámica y
dialéctica, cualquier diagnóstico será, por erróneo, inútil. La foto fija de lo
actual no sirve para entender un proceso, algo que se mueve. Considero, como
millones de personas, que el relato que nos enseñaron en las escuelas y
universidades, la epopeya del hombre blanco civilizador,
es un trampantojo bello, venerable y agradable que oculta el deterioro de los muros
del capitalismo actual.
El capitalismo fue una
forma de organizar la economía y la sociedad que permitió la explosión de un
proceso de creación continua de riqueza que nunca en la historia se había
producido.
Comienza con el descubrimiento
de América y la llegada de los portugueses a la India, inicio de la
globalización, base del capitalismo. El oro y la plata de América permitieron
la monetización de la economía europea y la formación de las nuevas potencias
europeas sobre las ruinas del feudalismo. El asentamiento portugués, mediante
factorías fortificadas, en el sur y este de Asia monopolizando el comercio de
las especias y artículos de lujo orientales, supuso la distorsión de las redes
de comercio indígenas y la casi desaparición de la Ruta de la Seda, con grave
daño a sus intermediarios, el Imperio turco y Venecia, que iniciaron su
decadencia. Como consecuencia, el eje del comercio mundial se desplazó del
Mediterráneo al Atlántico.
La acumulación de riqueza
se llevó a cabo en América y África durante el siglo XVI a través de la rapiña,
la expropiación, la piratería y el desplazamiento y exterminio de los nativos, realizados
por emprendedores particulares, los conquistadores, con una cierta cobertura
jurídica y política de los monarcas a cambio de un quinto de los beneficios. Este
acontecimiento criminal se nos presenta como un proceso civilizador llevado a cabo por unos superhombres movidos por
afán de gloria mundana y celeste. La realidad es que los conquistadores huían
de la miseria y la cárcel por deudas (recomiendo la lectura de En deuda,
del recientemente fallecido David Graeber. Cuenta cómo cada conquistador había
obtenido su equipo a crédito y cómo ni el inmenso botín de Moctezuma les
permitió financiar sus deudas. Consecuentemente, muchos de ellos tuvieron que
enrolarse en nuevas empresas conquistadoras). Para los autóctonos, el proceso
civilizador supuso el exterminio de
dos tercios de su población. En la metrópoli, para las clases populares
europeas fue un siglo de inflación, hambrunas y levantamientos populares ahogados
en sangre. Aunque todavía sobrevivían unos principios religiosos medievales
como la cruzada, el espíritu caballeresco…, se impusieron los valores del
Renacimiento, con héroes cuya acción se basaba exclusivamente en el cálculo,
como Hernán Cortés.
En la relación simbiótica
entre el poder político y el dinero, el primero era todavía claramente
hegemónico.
Fue en el siglo XVII cuando
este tipo de comercio de larga distancia se concretó en la forma que hoy
llamamos capitalista. Las primeras sociedades anónimas, de acciones cotizadas
en Bolsa, fueron la Compañía Británica de las Indias Orientales y la Compañía
Holandesa de las Indias Orientales (la mítica VOC) fundadas en 1601 y 1602
respectivamente. El anonimato
desvinculaba a los gobiernos de las actividades criminales de los particulares,
lo que incentivaba una asociación dinámica entre dinero y poder político. Los
mercaderes acumulaban riqueza que, al ser gravada por los gobiernos, permitía el
fortalecimiento de los estados modernos y sus instituciones (creación de
ejércitos y flotas permanentes, por ejemplo) que, a su vez, garantizaban a los
mercaderes la ampliación de sus mercados. Su principal actividad comercial
consistía en la explotación en monopolio del comercio de especias y objetos de
lujo, mediante grandes barcos mercantes siempre acompañados por barcos de
guerra de propiedad y tripulación privadas bajo bandera de un estado (los privateers).
Los principios éticos
habían cambiado y los inversores aristócratas occidentales ya no consideraban
este tipo de actividades como impropias
de un caballero. Naturalmente la imposición de su monopolio sobre las redes
comerciales locales se realizaba a sangre y fuego desde sus factorías
(asentamientos comerciales fortificados que tachonaban las costas africanas y asiáticas).
Para las clases populares
europeas fue el Siglo de la gran crisis, de las grandes matanzas en las
guerras de religión, un desastre demográfico. El poder de los mercaderes se
fortalece en relación con el poder político (decapitación de Carlos II de
Inglaterra).
Es en las décadas finales
del siglo XVIII cuando se produce la gran divergencia (o desigualdad
entre civilizaciones), término utilizado por Samuel Huntington en 1996 y
después popularizado por Kenneth Pomeranz en su ensayo The Great Divergence,
publicado en el año 2000. Es entonces cuando Europa se despega de las otras
civilizaciones que hasta ese momento compartían un nivel de desarrollo
tecnológico, social y político similar (la India, China, el Imperio turco y
Japón), pasando a dominar el mundo[1].
En el siglo XVIII aparece
la modalidad de comercio global más próspera que jamás se había conocido. Ahora
es el comercio de una materia prima, y no el de lujo, el hegemónico en la larga
distancia: el algodón. El monocultivo de productos destinados a la exportación,
como azúcar, cacao, tabaco e índigo, requería explotaciones latifundistas, las
plantaciones, que necesitaban expansión territorial (posibilitada por el
exterminio de los nativos) y mano de obra forzada masiva e importada (los
esclavos negros). Aunque el tráfico de esclavos
negros ya estaba implantado en América desde el principio del siglo XVI, es a
finales del XVIII cuando, coincidiendo con la aparición de la manufactura
industrial del algodón, alcanza unas cotas impresionantes y se convierte en un
factor esencial del proceso de acumulación capitalista.
Europa es el único
continente donde no se produce algodón. Aunque desde el siglo X, en Al Ándalus,
hubo intentos de introducir esta industria, la falta de la materia prima, el
algodón en rama, impidió su implante en Europa. El europeo del siglo XVIII
seguía vistiendo lana, lino y seda. Los tejidos de algodón, como la muselina,
eran cosa de ricos. En América, África y Asia el algodón era el tejido
predominante, de fabricación y consumo locales. En amplias zonas de la India el
algodón se cultivaba como complemento de las pequeñas explotaciones campesinas
que, manufacturando el hilo y tejiendo con él sus paños, permitían la
existencia de eficaces redes de comercio dedicado a la exportación. Los paños
de algodón de la India mucho más baratos y bonitos (permiten su estampado, cosa
imposible con la lana, el lino y la seda) comenzaron a inundar Europa.
La inexistencia de la
materia prima en los centros de consumo creó un comercio global de larga
distancia entre América, África, Europa y Asia. Los barcos de negreros exportan
su mano de obra a las plantaciones de América, vaciadas previamente de
su población indígena, volviendo con su carga de algodón en rama a Inglaterra
donde serán tejidos en una incipiente industria rural manufacturera, para
volver a vender gran parte de esos tejidos, junto con la plata y armas de fuego,
a los reyezuelos africanos que esclavizan y venden a su población.
Adicionalmente, la mayoría de los tejidos indios exportados, más demandados por
su superior calidad y menor precio, alimentan este comercio. La riqueza
acumulada en este comercio triangular fue fabulosa para los mercaderes y
colonos al coste de entre doce y veinte millones de africanos esclavizados. Se
calcula que la América española recibió menos de dos millones de emigrantes
peninsulares durante cuatro siglos, población superada por los esclavos
importados.
En ese periodo, el
principal producto de exportación de África fue la mano de obra esclavizada.
La historiografía
tradicional ha denominado mercantilismo a esta forma de capitalismo,
vigente durante los siglos XVII y XVIII, aunque algunos historiadores modernos,
como Sven Beckert en su ensayo El imperio del algodón, comienzan
a denominarlo, más apropiadamente, capitalismo de guerra.
La esclavitud, las expropiaciones de tierras,
el comercio militarizado y la dominación imperial posibilitaron que el enorme
capital acumulado por un puñado de mercaderes permitiera la financiación, con
éxito fulminante, de una nueva forma de capitalismo basado en la fábrica, donde
la energía animal (el músculo) sería sustituida por la máquina.
En la década de 1780,
Samuel Greg invirtió un capital relativamente pequeño para concentrar sus
diseminadas hilanderías rurales en una fábrica movida por agua, con una
plantilla de noventa niños de entre diez y
doce años de edad, aprendices sin sueldo, reclutados en los hospicios vecinos,
complementados en 1800, veinte años más tarde, con ciento diez obreros que sí
recibían jornal.
Se inauguraba así, en el
contexto de un capitalismo de guerra en plena expansión, el capitalismo
industrial que inició un periodo de aceleración radical del crecimiento
económico como no se había conocido en los mil años anteriores en ningún lugar
del mundo. Y apareció la nueva figura del capitalista industrial que
protagonizaría los dos siglos siguientes.
El relato tradicional
explica el nacimiento de la Revolución Industrial en Inglaterra en este periodo
concreto en la confluencia de factores como el genio de los inventores, la
dimensión del mercado británico, su orografía que facilita las comunicaciones
fluviales, la creación de un Estado que favorecía a los emprendedores…, factores de importancia indiscutible pero que pasa
por alto el central: su dependencia del capitalismo de guerra, en plena fase de
expansión por el globo terráqueo.
Por ejemplo, la aparición
explosiva de las fábricas, con la utilización de mano de obra local, cercana y voluntaria,
parecería implicar la desaparición del tráfico de esclavos, característica
básica del capitalismo de guerra. Pero ocurrió lo contrario: la mitad de los
esclavos que llegaron a América entre 1492 y 1888 lo hicieron en la primera
mitad del siglo XIX, el momento explosivo del capitalismo industrial, con lo
que es imposible desvincular a éste de la esclavitud. En el principal producto
del comercio global, el algodón, en su fase de crecimiento explosivo,
necesitaba de tierras y mano de obra adecuadas a las variaciones (elasticidad)
de la demanda. Ese procedimiento de explotación solo era posible en las
colonias americanas, donde la existencia de tierras vacías (más bien vaciadas)
permitía el crecimiento casi ilimitado de sus plantaciones y mano de obra
esclava disponible. Esa ventaja comparativa fue imposible de superar por sus
civilizaciones competidoras, la India o Anatolia, donde las expropiaciones de
tierras o explotación de sus campesinos hubieran ocasionado explosiones
sociales incontrolables.
La colonia más rica, con mucho, de
América, Saint-Domingue, la actual Haití, lo era por su economía esclavista. El
esclavismo es éticamente repugnante, pero muy eficiente en la creación de
riqueza. Cuando, mediante el levantamiento de su población esclava, alcanzó la
independencia en 1804, se arruinó y arrastró consigo a todas las colonias
esclavistas del Caribe excepto Cuba y Puerto Rico. No obstante, el capitalismo
de guerra demostró su eficiencia desplazándose al sur de los EE. UU., donde era
posible la expansión ilimitada de tierras vaciadas para implantar el sistema de
plantaciones y la esclavitud, que alcanzó allí su punto álgido.
A mediados del siglo, ese
modelo de economía de guerra entró en contradicción con la economía industrial (el
obrero resultaba más barato que el esclavo) y el capitalista industrial terminó
sustituyendo al mercader como organizador de la economía.
En el ámbito colonial el
nivel de brutalidad y corrupción de las compañías privadas, que habían
conquistado con sus propios ejércitos el Imperio británico, obligó a la Corona
a hacerse cargo directamente de esas colonias, previo pago de generosas
indemnizaciones (una especie de socialización de pérdidas). En 1857 se produce
en la India la Rebelión de los Cipayos y al año siguiente la Corona británica pasó
a administrar directamente su colonia sustituyendo, previo pago de generosa
indemnización, a la Compañía Británica de las Indias Orientales.
Fue la coexistencia con el
capitalismo de guerra la que permitió el triunfo del capitalismo industrial
hacia mediados del siglo XIX cuando, entrando en contradicción de intereses,
estalló en 1861 la Guerra de Secesión en EE. UU. (único país donde las dos modalidades
de capitalismo no estaban separadas por océanos) y, tras el triunfo de los
industriales, se abolió la esclavitud en 1867.
Cuando los imperios
privados fueron nacionalizados, comenzó la época del imperialismo colonial,
creándose una organización dual en sus sociedades: mientras en la metrópoli
funcionaban, más o menos eficientemente, instituciones y leyes, en la periferia
colonial reinaba la mano libre para todo tipo de abusos.
La aparición de las
fábricas empeoró las condiciones de vida de los trabajadores, ahora
convertidos, a la fuerza, en proletarios. Jornadas de catorce a dieciséis horas,
en fábricas pestilentes donde estaban sujetos a la violencia física, con el
abandono del trabajo considerado delito penal, viviendo en casas y barrios de
suciedad repugnante…, trajeron consigo una
disminución grave de la esperanza de vida en esas ciudades fabriles. Estudios
recientes atestiguan la disminución de la talla en aquellos tiempos y lugares.
En la década de 1850 el gobierno de Sajonia, en
un reclutamiento de soldados, comprobó que únicamente el 16% de los hilanderos
y el 18% de los tejedores estaban en condiciones sanitarias para servir en el
ejército. Por supuesto, en todo el mundo se produjeron sublevaciones contra la
fábrica. Y los empresarios solicitaron la intervención de los gobiernos. ¡Los
apóstoles del libre mercado pidieron su regulación!
Los gobiernos europeos ya
eran conscientes de que su poder estaba ligado a su capacidad de imponer las
condiciones en que pudieran arraigar las descoordinadas iniciativas de los
promotores privados del capitalismo industrial. Y eso solo estaba al alcance de
estados con gran capacidad militar, administrativa, infraestructural y jurídica
para proteger sus fronteras, imponer aranceles para proteger a sus capitalistas
de la competencia exterior, forzar los desplazamientos de mano de obra rural a
las ciudades fabriles, prohibir toda asociación entre obreros, el derecho de
reunión, penalizando su huida de las fábricas, eliminando fronteras interiores,
construyendo nuevas infraestructuras, sobre todo comunicaciones… Y ese no era
el caso del Estado español que fue el último país europeo en abolir la
esclavitud en1886, vergonzoso hecho eludido en nuestro sistema educativo.
La violencia y la
simbiosis entre poder político y económico se intensificaron respecto al siglo
anterior.
En ese escenario aparecen
en la historia, por primera vez, las masas.
La fábrica da nacimiento
a los sindicatos y, con ellos, aparece un nuevo protagonista social: el obrero.
La aparición del movimiento obrero organizado, que disputa el poder político a
la burguesía, abre la posibilidad de romper la simbiosis entre capital y poder
político. Y de hecho la rompió al finalizar el siglo. Los obreros, con sus
huelgas y movilizaciones, se convirtieron en
un problema de Estado y el Estado, ante la impotencia del capital, nacionalizó
la cuestión obrera.
El siglo XX culmina el camino iniciado por el
capitalismo en siglos anteriores. Dos guerras mundiales y multitud de
conflictos letales en la periferia incitan a muchos historiadores a calificarlo
de el siglo de las catástrofes. Pero, en el contexto de tanta matanza,
no cabe duda de que la aparición y fortalecimiento del movimiento obrero
organizado debilita la alianza del capital y el poder político, dando
nacimiento a un periodo de mejora en las condiciones materiales de las masas a
través, sobre todo, de un entramado institucional conocido como el estado del
bienestar.
En esta breve reseña
histórica he tratado de señalar las sucesivas mutaciones de un sistema en
continuo cambio, pero en el que permanece, como esencia, la alianza del poder
económico y político y la utilización de la violencia como modo de explotación.
En ese proceso dinámico, se producen avances y retrocesos y nada invita a
pensar que el progreso social sea un proceso continuo e irreversible.
En el siglo XXI, visto
sin perspectiva aún por ser una realidad cercana, aparecen hechos y tendencias
inquietantes:
· El crecimiento económico es mínimo en el
núcleo del sistema (lo que hemos llamado Occidente). El optimismo
tecnológico (la creencia de que el progreso tecnológico nos resolverá los
problemas) está en franca retirada. Las nuevas tecnologías de comunicación, la
digitalización, la IA… no han creado, como en las anteriores revoluciones
industriales, demandas explosivas de mano de obra. En una época de mínimo
crecimiento económico, la inversión privada en nuevas tecnologías va
dirigida a ahorrar costes, sobre todo laborales.
· Desde
inicios del siglo XXI los incrementos de productividad producidos por los
avances tecnológicos han sido absorbidos en su práctica totalidad por el 10%
más rico de la sociedad estadounidense, lo que, unido a la rebaja de impuestos
a ese estrato de población, determina unos niveles de desigualdad
insostenibles. La misma tendencia, atenuada por la existencia del estado de
bienestar se detecta en Europa.
· Crece
la concentración de capital a una velocidad nunca vista. Esa desigualdad, cuando se concreta en la geografía,
y se une a los conflictos bélicos, el cambio climático, las hambrunas, el
abaratamiento de las comunicaciones y el transporte… reproduce los
desplazamientos de poblaciones, si bien no forzadas como en el esclavismo,
dudosamente voluntarios.
· La
tradicional relación simbiótica entre poder político y capital en la que
se ha asentado la democracia liberal tiende a convertirse en otra parasitaria
en la que el capital se fortalece a costa del poder político. Un creciente
número de tecnooligarcas se plantea gestionar directamente el poder
político ya que consideran que la democracia, al imponer reglas a la actividad
económica, es un obstáculo para el crecimiento económico. Desregulación lo
llaman.
· Para
la obtención de materias primas esenciales, las potencias políticas reproducen
el factor esencial del capitalismo, la violencia (guerras en el Golfo Pérsico,
el Congo, Sudán, el África subsahariana, Palestina...). Estamos ante una nueva
forma de imperialismo.
· Los
avances tecnológicos en comunicaciones permiten que la economía real (la que produce
cosas) tienda a desplazarse a la periferia del sistema, siendo sustituida en
las metrópolis por la economía financiera, muy vulnerable a la especulación y
la corrupción, que propician un estado permanente de crisis secuenciales.
· El
proceso de desregulación, propiciado por los neoliberales, termina paradójicamente
en una reacción que pone en peligro el libre comercio (los aranceles sustituyen
a los impuestos, como en el siglo XVIII). Pero no creo que la actual reacción
trumpista pueda frenar la globalización económica.
· La
desindustrialización del núcleo capitalista, la decadencia fabril, trae consigo
el debilitamiento de los sindicatos y el fortalecimiento del individualismo, lo
que, unido a la desaparición de la URSS, y la consecuente ausencia de una
alternativa geopolítica, coloca a la izquierda en una situación muy difícil.
Resumiendo: nada invita
al optimismo.
[1] Existe
sobre este hecho un gran debate cuya relevancia excede el ámbito académico. La
interpretación clásica, optimista, de ese momento explosivo en que los países
se dividieron entre los que se industrializaron y los que no, los imperialistas
y los colonizados, explica el fenómeno por
multitud de factores como el clima, la geografía que facilita el comercio, la
existencia de ideas religiosas más racionales, la existencia de instituciones
más beneficiosas…, que promovieron la
apertura de un “círculo virtuoso” de creciente riqueza y progreso. Este relato con
explicaciones evidentemente eurocéntricas sostenidas entre otros por Adam
Smith, Huntington, E.L. Jones, Jared Diamond, Paul Kennedy…, son enfrentadas, aparte de la historiografía
marxista, por intelectuales como Kennett Pomeranz, Piketty, Immanuel
Wallerstein, James Robinson, Prasannan Parthasarathi…,
que demuestran que la mayoría de esos
factores se daban en las civilizaciones asiáticas o del Oriente Próximo y que el
factor diferencial más importante respecto a las otras civilizaciones fue la asociación
entre riqueza y poder (político) que implicó una superioridad bélica
aplastante.


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