L.H.R
El
propósito de este breve texto es dar una visión diferente a la que se contempla
en algunos apartados de la tribuna de El País, del pasado día 14 de febrero,
titulada “Agrupémonos todos” firmada por Antonio Muñoz Molina. En la mencionada
tribuna se vierten opiniones, cuando menos muy desfavorables, hacia Francisco
Largo Caballero e Indalecio Prieto, situadas en un contexto encaminado a impulsar
la unidad de las izquierdas (loable y compartida) ante el fuerte auge de la
ultraderecha en nuestro país.
Por
eso, este breve relato pretende esclarecer algunos hechos y deshacer falsas
verdades que se vienen imputando a Largo Caballero (por ejemplo: el llamado
“Lenin español”, apodo calificado por él mismo de “ridículo, estúpido e idiota”),
además de poner en valor su descomunal Obra realizada y, en coherencia con ello,
responder a la siguiente pregunta: ¿Quién fue realmente Francisco Largo
Caballero?
Nace
en Madrid, el 15 de octubre de 1869, en el seno de una familia obrera y a los
siete años comenzó su aprendizaje en diversos oficios: encuadernador,
cordelero, estuquista… En 1890 se afilia a la Sociedad de Albañiles de Madrid y
tres años más tarde ingresa en la Agrupación Socialista Madrileña. Llegó a
presidir la Mutualidad Obrera, la Fundación Cesáreo del Cerro, la Agrupación
Socialista y la Cooperativa Socialista Madrileña. Desde 1902, Largo Caballero
desempeñó altos cargos en el sindicato (UGT) y en el partido (PSOE), siendo
secretario general de UGT de 1918 a 1938 y presidente del PSOE de 1932 a 1935.
Participó
en el Instituto de Reformas Sociales, desde el año siguiente a su constitución
(1903), formando parte del grupo de vocales obreros, en su gran mayoría
socialistas. En 1905 fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid. Formó
parte también del Consejo de Estado (desde el más absoluto pragmatismo) durante
la dictadura de Primo de Rivera y elegido diputado encabezando las listas
socialistas durante cuatro legislaturas. Como representante de la clase obrera
española asistió a la Conferencia de Berna y al Congreso de Ámsterdam en 1919,
donde se fundó la Federación Sindical Mundial. Además, en ese mismo año
participó en la Conferencia de Washington, donde se constituyó la Oficina
Internacional del Trabajo (OIT) y, después, en todas sus Asambleas anuales,
desde 1919 hasta 1933, las dos últimas como ministro de Trabajo. Finalmente, con
la proclamación de la II República, Largo Caballero se hace cargo del
ministerio de Trabajo (de abril de 1931 a septiembre de 1933) promulgando la
legislación social más avanzada de su época (siendo todavía una referencia
obligada para el legislador en materia social laboral) y, posteriormente, ocupa
la presidencia del Consejo de ministros y el Ministerio de la Guerra, en plena guerra
civil, desde el 4 de septiembre de 1936 hasta el 19 de mayo de 1937.
Su
exilio en Francia se produce en febrero de 1939 y posteriormente la policía
francesa le entrega a la Gestapo y es trasladado al campo de concentración de
Sachsenhausen- Orianenburg (Alemania). Fue liberado por las tropas rusas en
abril de 1945 regresando a Francia donde reside hasta su muerte. En su sepelio,
Rodolfo Llopis (secretario general del PSOE en el exilio) le rindió homenaje
manifestando que: “el proletariado español ha perdido al hombre más
representativo de su clase”. Finalmente, sus restos fueron trasladados a España
el día 8 de abril de 1978. La masiva manifestación que le acompañó, desde la plaza
de Las Ventas al cementerio civil de La Almudena en Madrid, constituyó un
acontecimiento político de primera magnitud, lo que contribuyó a acelerar, en muy
buena medida, la transición política a la democracia (Obras Completas de Francisco
Largo Caballero. Instituto Monsa de Ediciones y Fundación F. Largo Caballero,
2003).
De
Largo Caballero se han dicho y escrito muchas cosas. En todo caso, es bueno
recordar que sólo acudió a la escuela desde los 4 a los 7 años, lo que le
obligó a formarse en la Casa del Pueblo de Madrid destacándose como un buen
estudiante, un extraordinario lector y un comprometido militante, llegando a
ser el único obrero en España que presidió un Consejo de ministros. Efectivamente,
en las Casas del Pueblo se fomentaba el entusiasmo por la
organización obrera, la militancia, la austeridad, la ética, la honradez y la
solidaridad internacional. A este comportamiento se llamaba y se sigue llamando
el “Pablismo” en reconocimiento de lo que representaba en aquel entonces Pablo
Iglesias dentro de las organizaciones socialistas.
Sin
duda, fue el discípulo más destacado de Pablo Iglesias, con el que convivió
y aprendió durante muchos años. Se puede
afirmar que fue un verdadero autodidacta, con intuición de clase, con
grandes dotes de organización,
comprometido éticamente con las clases trabajadoras, además de sumamente
austero y honrado en su comportamiento personal. También fue el artífice de la estructura
moderna de UGT y un firme defensor de la organización
obrera (propagar ideas y hacer proselitismo) y de la educación de clase (formar
“obreros conscientes y organizados”). Siempre fue coherente con sus ideas,
destacando la coincidencia de su discurso con la acción política y sindical, lo
que le acarreó críticas sin fundamento de una derecha montaraz y reaccionaria,
así como de patronos y caciques sin escrúpulos. En este sentido, es oportuno
recordar la contestación de los terratenientes andaluces, a la petición de
trabajo de los jornaleros en las plazas de los pueblos, por haber votado a la
Conjunción Republicana Socialista: “Comed República”.
Largo
Caballero fue también un firme defensor de la autonomía del sindicato,
superando la supeditación al partido de los primeros años y un firme activista
en defensa de la II República, de las libertades y del socialismo democrático.
Consideró un suicidio la división de la clase obrera (sobre todo en un contexto
de guerra) y condenó con firmeza los intentos secesionistas en su lucha contra
el fascismo. A pesar de ser acusado de desviación hacia el comunismo y el
anarquismo, sin ninguna razón ni fundamento, fue también un firme y decidido defensor
de la legalidad republicana.
Por
último, fue muy relevante su protagonismo en las movilizaciones obreras -de
acuerdo siempre con los órganos de dirección de UGT y el PSOE-, destacando su
participación en la huelga general del 17, en la proclamación de la II
República y en la huelga general de octubre de 1934 (justificada, pero a su vez
precipitada y mal organizada salvo en Asturias). En este caso, en apoyo de
la democracia y, particularmente, de la obra social de la República; pero,
sobre todo, de la lucha de la clase obrera contra el avance del fascismo
internacional (que culminó más tarde en la II guerra mundial) en sus intentos
de restaurar la monarquía e imponer la dictadura en España. En cualquier caso, se puede afirmar, sin faltar a la
verdad, que Largo Caballero fue un líder obrero reformista de un marcado
carácter independiente, incompatible con la hipocresía, el arribismo, la
claudicación y la cobardía moral, lo que explica sobre todo sus sucesivos pasos
por las cárceles españolas por encabezar las movilizaciones obreras en defensa
de sus propios intereses de clase.
Desde
luego, las opiniones vertidas en la tribuna sobre Largo Caballero, respetadas,
pero no compartidas por la mayoría de los historiadores (léase la ejemplar y
monumental biografía de Julio Aróstegui sobre su figura: “El tesón y la
quimera” de la editorial Debate), demuestran claramente el gran desconocimiento
que tienen muchos ciudadanos, en particular los jóvenes, de nuestra historia
reciente y, en particular en este caso, de la figura de Largo Caballero. Razón
poderosa para reflexionar sobre la educación que están recibiendo nuestros
jóvenes en cuanto a nuestra historia contemporánea: II República, Guerra civil,
dictadura y transición hacia la democracia. Los libros de texto tienen que
reflejar la verdad de los hechos y, en coherencia con ello, los educadores
actuar en consecuencia dedicando el tiempo necesario a esta materia. También
los medios de comunicación y las redes sociales deben obrar con responsabilidad
y, por lo tanto, no deberían hacerse eco -como lo están haciendo algunos- de
falsos historiadores o políticos interesados en tergiversar la historia y
practicar un revisionismo obsceno a base de patrañas, necedades y mentiras.
En
todo caso, esta circunstancia nos obliga a reflexionar sobre nuestra memoria
histórica para no cometer errores; no se trata de abrir nuevas heridas ni de
fomentar el odio, como reiteradamente pontifican las derechas más extremas. En definitiva, no tiene ningún sentido
que nuestros escolares conozcan más y dediquen más horas lectivas al Cid Campeador,
a los Reyes Católicos y a reseñar las pretendidas bondades de las monarquías
absolutas, que a lo acontecido realmente en nuestra historia más reciente.
Por
último, no debemos olvidar tampoco que estas opiniones se producen en un
contexto de confrontación ideológica y polarización política, propiciada, sobre
todo, por el auge de los populismos
de extrema derecha. Lo más grave e incomprensible de todo es que el PP también
está participando de manera decisiva en esta interpretación de los hechos,
haciendo dejación de la responsabilidad exigible a un partido de oposición -con
visión de Estado- como se presume debería ser el PP.
Por
todo ello, resulta comprensible la actitud del actual Gobierno y de la Ley de
Memoria Democrática al pretender superar la ignorancia de muchos ciudadanos
sobre esta materia. Sin duda, la personalidad y figura relevante de Largo
Caballero, y también de Indalecio Prieto, justifica plenamente esta visión
alternativa con la pretensión de restaurar la dignidad de ambas figuras, lo que
se entiende como la veracidad de los hechos y, sobre todo, la necesidad de reparar
lo que para muchos representa una infamia y una injusticia histórica.
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