LA IZQUIERDA FRENTE AL CAOS

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Antonio Sánchez Nieto

 

“No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa” (Ortega y Gasset)

 

Esta cita tan vigente, fue escrita en 1933, en el cenit del fascismo.  Las analogías históricas suelen estar cargadas de trampas, pero, a veces, ayudan a comprender, por ejemplo, cómo las ascuas del fascismo, que permanecían latentes en las cenizas de su derrota en 1945, se han reavivado en Occidente hasta poner en peligro la democracia liberal. Seguramente estamos, como entonces, ante una mutación en la economía que provoca un cambio de ciclo histórico.

En los “dorados años veinte” gran parte de la población culpabilizaba a los gobiernos liberales de haberlos llevado a la matanza de la Gran Guerra. Esa década se cerró con la Gran Depresión de 1929 que supuso el hundimiento de las economías liberales. Solo las enérgicas políticas intervencionistas de los gobiernos fascistas y socialistas en Europa y el New Deal en EE. UU. permitieron superar la catástrofe.  Fue entonces, ante el descrédito social de la economía liberal, cuando Alexander Rüstow en 1938 acuñó el término neoliberal para describir una teoría económica que definía como una tercera vía entre el liberalismo y el intervencionismo estatal.

Finalizada la II Guerra Mundial con sesenta millones de muertos, se inició una exitosa reconstrucción económica que inauguró una etapa de crecimiento y reducción de desigualdades que duró tres décadas. En el contexto de la Guerra Fría, un pacto entre partidos socialdemócratas y cristianodemócratas permitió la creación del estado del bienestar. A aquella teoría económica que preconizaba el crecimiento económico mediante la regulación e intervención directa del estado en el mercado se la llamó keynesianismo.

A mediados de los setenta, al calor de la crisis del petróleo, renace una nueva versión neoliberal, mucho más dura, liderada por la escuela de Chicago y su gurú Milton Friedman. Preconiza la reducción del Estado (empezando por el del bienestar) a su tamaño mínimo con un Banco Central emisor de moneda, mediante la reducción del gasto público, privatizaciones, desregulación, oposición al diálogo social y reducción de impuestos a los ricos para que, con esta “política de oferta”, se produzca un rápido enriquecimiento de las clases más altas cuyo exceso de riqueza se derramaría sobre otras clases subordinadas formadas por individuos que treparían en la escala social a través, no de la herencia,  sino de su inteligencia y esfuerzo: el mérito. El estado se limitaría a asegurar la seguridad, el libre comercio y la globalización.

Esta teoría económica sería complementada en el campo cultural con el mensaje “no existe la sociedad, sino el individuo”. Estas ideas dominaron el mundo de los ochenta y noventa y se materializaron en el espacio político liderado por personajes como Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Mientras, la URSS se disolvió en 1991, acabando así el corto siglo XX que relató Hobsbawm, el siglo de las ideologías y revoluciones fallidas. El triunfo absoluto del nuevo paradigma cambió el mundo.

En el campo de la izquierda, reapareció otra tercera vía acaudillada por Tony Blair en la década de los noventa. Planteaba una simbiosis entre el neoliberalismo y la socialdemocracia en la que esta última renunciaba a gran parte de sus principios adoptando los del neoliberalismo. Al tiempo que Tony Blair ganaba tres elecciones seguidas, vaciaba el laborismo de su ideología y debilitaba a sus sindicatos. Pronto se le unieron Schröder y Bill Clinton. Había que desideologizar la izquierda, decían, reduciendo la política a la mera gestión de lo que hay. Y lo consiguieron a un alto coste: en 1998, de los quince gobiernos de la Unión Europea, trece eran socialdemócratas. Hoy en día, los dedos de una mano sobran para contar los que gobiernan y el resto ha desaparecido o sobreviven penosamente diluidos en coaliciones con derecha y ultraderecha.

¿Cómo explicar el derrumbe de la izquierda? (de nuevo, el fantasma de 1933).

Evidentemente la izquierda no supo enfrentar el mundo de las nuevas tecnologías que posibilitaron cambios radicales en la organización del trabajo, la globalización, la financiarización de la economía, que iban en dirección a una sociedad más desigual. Pero, además, hubo factores extraeconómicos, como su escasa resistencia en la batalla cultural, que determinaron su derrota.

Ya en su Tesis de filosofía de la Historia, escrita en vísperas del acceso al poder del nazismo, Walter Benjamin achacaba la derrota de la socialdemocracia a su conformismo. Los socialdemócratas fueron incapaces de concebir que los progresos del dominio de la naturaleza (progreso tecnológico) podían ser compatibles con los retrocesos de la sociedad. Asumían como dogma que el progreso técnico era el progreso de la humanidad misma, y no solo de sus capacidades y conocimientos. Que era además un progreso sin fin e incesante. Seguros de que cabalgaban sobre la ola del progreso de la historia, confiaron pasivamente en que la humanidad, por sí misma, superaría aquel marasmo de irracionalidad. Aún mantenían su fe en ese dogma determinista cuando la realidad, el fascismo rampante, lo desmintió.

Amanece el nuevo milenio con Occidente regido por un único paradigma económico, social y cultural: el neoliberalismo. La batalla entre el individualismo y el colectivismo ha acabado. Solo existe el individuo y cualquier proyecto colectivo de transformar la realidad es despreciado como algo utópico e indeseable: es ideología. El individuo debe organizar su vida como una organización empresarial, compitiendo con su compañero de trabajo. La solidaridad es un vicio que promueve la dependencia.

Pero en el 2008, en plena celebración del fin de la Historia, estalla la Gran Recesión, una crisis financiera global de una gravedad solo comparable a la Gran Depresión de 1929. La teoría económica neoliberal se disuelve como un azucarillo en el agua ante la evidencia de que el capitalismo tiene que ser salvado por el Estado. Este interviene en el mercado con ayudas financieras masivas, pero no destinadas a ayudar a los más vulnerables, como ocurrió con el New Deal en 1929, sino a las instituciones financieras autoras de la crisis.

Esta intervención fue correctamente percibida por los perdedores de la globalización, entre ellos los trabajadores industriales que contemplaban sus empleos asolados por la financiarización de la economía, como una traición de sus elites.  La escalera social perdía sus peldaños y el prometido derrame de riqueza hacia abajo se convirtió en succión de rentas, de abajo hacia arriba. Los votantes de izquierda percibieron que los partidos socialdemócratas, en su mayoría adheridos a la doctrina neoliberal, les habían traicionado. Y la rabia de esas masas, ahora desideologizadas y desorganizadas, ya no la encauza la izquierda.

Amplias zonas geográficas industrializadas que antes votaban a los comunistas ahora lo hacen a quienes se declaran antisistema, los fascistas. Previamente el neoliberalismo, como siempre hacen los vencedores, había arrastrado como trofeo el infamado cadáver del comunismo, que dejó de ser temible fantasma. Las masas siguen a los vencedores. Se confirma de nuevo el aforismo de Benjamin que decía que el fascismo surge de las cenizas de las revoluciones fallidas.

La izquierda está en estado de emergencia en todo el mundo.  En una humanidad sin ideología (conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están referidas a la conducta social humana), compuesta por individuos interesados exclusivamente en sus propios asuntos, la política es sustituida por el mercado y al ciudadano le sustituye el cliente (extrañamente, los medios de comunicación españoles no relacionan la corrupción con la sustitución de idealistas por arribistas desideologizados). Cuando en los años treinta los trabajadores tenían ideología socialista y estaban organizados en sindicatos, el fascismo nunca logró superar el muro que los separaba. Ahora los Le Pen, Salvini, Orbán, Abascal, Milei, Trump…, que ya no visten uniformes militares, ni se presentan subversivos, se refieren a una clase obrera “nacional” (sin inmigrantes) de hombres blancos a quienes se reserva su acceso a un menguante estado del bienestar.

Un mundo de millones de narcisistas es incapaz de afrontar retos que implican costes, sacrificios y continuidad a largo plazo (vivienda, desigualdad galopante, cambio climático, impacto de las nuevas tecnologías, migraciones…). Sus elites políticas están compuestas por narcisos exhibicionistas superficiales, imprevisibles, sin más misión que su mantenimiento en el poder.

Observemos el caso de España.

Estamos en un estado de polarización extrema en el que el debate no se da entre proyectos alternativos de futuro (ideología), sino que la política ha sido sustituida por un carajal en el que los partidos se disputan, azuzados por sus partidarios, quién es más corrupto. Por supuesto, de forma oculta, subyace la lucha de clases, aunque ya la clase obrera, desaparecido el comunismo, deja de ser la esencia de los “malos españoles”. Para los nuevos fascistas el “mal pueblo” está compuesto por los inmigrantes, sobre todo islámicos y negros, junto con las gentes de la izquierda “woke” de costumbres liberales (feministas, LGTB, antirracistas, ecologistas, defensores de los inmigrantes…). La “buena gente” se define por su naturaleza “anti” (antifeministas, antiecologistas, anticomunistas, homófoba, xenófoba, contra las artes modernas y los intelectuales, antieuropea, antiimpuestos…). En esta época posideológica, el posfascismo  está privado de cualquier “horizonte de expectativas”, cualquier modelo de sociedad alternativa, al contrario del fascismo clásico que se declaraba revolucionario. Lo mismo le ocurre al PP, cuyo corpus ideológico se adecua a la demanda demoscópica, cada vez más conservadora.

En la izquierda, el PSOE sigue siendo teóricamente socialdemócrata, aunque en su praxis cortoplacista solo se oye su ruido “antifa”. Respecto a la “izquierda transformadora”, mayoritariamente “woke”, su atomización y peleas internas la hacen irrelevante.

Resumiendo, ante la crisis del neoliberalismo, ningún partido ofrece a la sociedad un proyecto positivo, un qué hacer para escapar de un futuro negro, un conjunto normativo de medidas económicas, sociales y morales compatibles entre sí, coherente con un modelo de principios reconocibles por el electorado. Limitarse a competir mediante el “anti” negativista no nos sacará del actual lodazal en que se halla sumergida la izquierda y la humanidad. Y tenemos que empezar a elaborar un diagnóstico reconociendo de partida que no sabemos lo que nos pasa. La tarea es ardua, urgente y de éxito inseguro pero necesaria.   

 

 

 

 

 

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